Como para cualquier otra cultura, la cerámica tuvo un papel importantísimo en la cultura íbera. Se desarrolló entre el S. VII A.n.e., hasta la llegada de la cerámica romana la llamada terra sigilatra, hacia el S. II d.n.e.
Resulta lógico si tenemos en cuenta que la cerámica era ya en esos momentos una técnica antigua y bien conocida, que permitía trabajar de manera fácil y económica una serie de objetos necesarios para el desarrollo de su economía y modo de vida. De cerámica eran muchos de los cacharros de cocina, que se podían poner directamente al fuego. Y también los recipientes para almacenar las provisiones, tanto sólidas como líquidas. Para traer el agua, envasar productos que se iba a exportar, y como recipientes para acoger las cenizas de los difuntos. Abarcaba casi todos los aspectos de la vida, lo que explica la variedad de tipos, formas, calidades y acabados.

La cerámica casi es imperecedera, sus restos pueden aparecer inalterados a pesar de los años. No le ocurre lo mismo a la madera o a la piel. Parte de los utensilios de uso más cotidiano fueron construidos en madera, más barato y su duración era menor. Las pieles se utilizarían sobre todo para transportar líquidos. Pero la cerámica no tenía sólo un uso funcional. Su amplia difusión y el uso cotidiano facilitaba su carácter transmisor de motivos decorativos, ideas religiosas e incluso propaganda personal.
Los iberos consiguieron realizar una cerámica que en algunos casos lograron alta calidad y estética. Para realizarla, procedían en primer lugar a decantar el barro en unas piletas. A continuación modelaban el barro a mano o mediante el torno, que los íberos conocen como herencia del periodo orientalizante, donde llegó a través de los fenicios.

En ocasiones se podía aplicar a la superficie cerámica, estuviera engobada o no, un tratamiento de pintura, aunque en ocasiones encontramos el estampillado. Esto es la aplicación sobre la superficie del recipiente cuando aún estaba el barro fresco, de una matriz en relieve que dejaba una impronta en negativo sobre su superficie. Menos frecuente es la incisión o el acanalado.
La pintura es, sin embargo, la principal característica íbera. Se aplicaba antes de la cocción y para ello utilizaban pigmentos minerales, probablemente óxido de hierro, que le daban un tono castaño característico. Los motivos básicos eran geométricos y muy sencillos: líneas paralelas y perpendiculares, circunferencias y semicírculos, rombos, triángulos, etc., que es la más usada en la zona de Jaén. En otro momento se incluyen motivos figurativos, primero de tipo vegetal y más adelante animales y humanos.

La cocción de la cerámica ibérica se realizaba en hornos bastante desarrollados, que permitían alcanzar temperaturas próximas a los 1.000 grados. Se conservan algunos restos de estos hornos, sobre todo de su parte inferior donde se encontraba la cámara que distribuía el calor, en tanto que la superior, donde se cocían los cacharros, han desaparecido casi por completo. Por los restos conservados, los hornos ibéricos estaban construidos casi en su totalidad de adobe. Este material, pese a su aparente fragilidad, se adaptaba francamente bien a esta función, ya que el calor del horno llegaba a cocer estos adobes que adquirían una consistencia y dureza extraordinarias. Usaban dos sistemas de coccion: por oxidacion o por atmosfera reductora (evitando la entrada de oxigeno).
No todos los hornos ibéricos eran idénticos, era posible distinguir varios tipos.

En líneas generales, puede clasificarse en cerámica de cocina, de transporte , de almacenamiento doméstico y de mesa. Aunque no siempre resulta facil distinguir un tipo de otro. Desde el punto de vista de calidad artística esta es nula en la cerámica de cocina, que suele ser basta y mal terminada, así como la de transporte o almacenamiento industrial. Quiza la de mayor interés fuera la de almacenamiento domestico y la de mesa. Son más pequeñas y pueden tener una decoración muy diversa. Esta cerámica ibérica es la de mayor calidad y mejor terminación.
